Cuenta Robert Kiyosaki en su libro Padre Rico Padre Pobre que a los nueve años su padre lo encontró acuñando monedas con plomo derretido de tubos de pasta dentífrica. Aunque no todos los chicos muestren esa ambición por “hacer dinero”, la fascinación por las monedas –y lo que se puede conseguir con ellas- se despierta temprano. Padres: ¡aprovechen esa curiosidad de sus hijos para entrenarlos en el manejo del dinero! En un mundo en el que la economía tiene cada vez mayor peso, estarán haciéndoles un enorme favor.
No hay mejor forma de aprender que de la experiencia. Si a los chicos se les otorga una suma de dinero regularmente, irán desarrollando habilidades para administrar sus gastos y ahorros personales.
La mensualidad o semanalidad sirve para que los chicos se den sus propios gustitos, debiendo hacer elecciones básicas entre, por ejemplo, una golosina especial o un paquete de figuritas. Con el tiempo y bajo la guía de los mayores, aprenderán a ahorrar para metas más ambiciosas como una bicicleta, una consola de juegos o un viaje.
Cuánto dinero se les da, dependerá de cada familia, pero hay que evitar que sea tan poco que se desmotiven (¡nunca me alcanza para nada!), ni tanto que genere la ilusión de la lámpara de Aladino (¡todos mis deseos se cumplirán!). Un buen sistema es otorgar $1, $2 o $3 por cada año de edad. Por ejemplo, si son $2 por año, a los cinco años el chico tendrá una semanalidad de $10 mientras que a los diez ya dispondrá de $20 por semana. Si bien es importante que los chicos enfrenten sus propios dilemas, los padres deben monitorear el proceso de cerca e ir marcando el rumbo. Una buena idea es la de convocar una reunión cada tanto para contar el dinero ahorrado, repasar decisiones de compra, identificar aciertos y errores, y revisar objetivos.