Hoy las noticias no paran de mencionar “la crisis”. Pero durante varios años fue “el boom” la otra palabra corta que poblaba los titulares de los diarios argentinos. Todo estaba en crecimiento: la construcción, el turismo, las exportaciones. Los índices mostraban “récords históricos” en la mayoría de los sectores. El auge no se daba sólo en las actividades productivas, sino también en el consumo. Cada navidad durante este ciclo ascendente que culminó en 2007, superaba a la anterior en venta de regalos, adornos, y alimentos.
El período de 2003 a 2007 fue un renacimiento económico para la Argentina. El país venía de salir de una crisis económica local que comenzó a mediados de los ’90 y culminó un par de años después de la explosión a fin de 2001. Luego de tocar fondo, tenía amplio espacio para crecer.
El resto del mundo también estaba en expansión. Los precios de las propiedades en Nueva York, Madrid y nuevos polos urbanos –como Dubai– no dejaban de subir. El dinero circulaba y los “boom” y “récords históricos” también eran protagonistas en la prensa internacional.
Cuando todo está cerca de un techo, el escenario más probable es el de una caída. Tal vez esos titulares debieron habernos advertido. Es una característica de la actividad económica que se mueva en ciclos, pasando de períodos de expansión a períodos de contracción que ocurren entre crisis sucesivas. Los ciclos económicos están fuera del control de las personas ya que se producen como consecuencia de la suma de las actividades económicas de cada país y del mundo en su conjunto. Nosotros no podemos influir como individuos en los ciclos, pero los ciclos sí ejercen influencia sobre nosotros. Claro que son muy difíciles de predecir, aun para los expertos.
Cuando se transita un camino ascendente, abunda el optimismo. Esa sensación fomenta aún más el consumo y los precios suben. En el mercado financiero, las apuestas sobre los eventos futuros incrementan. La economía se recalienta hasta que explota por algún lado; así lo hizo en 2008 con las hipotecas estadounidenses, haciendo quebrar a uno de los bancos más tradicionales del mundo, dejando a la vista una serie de falencias en el sistema financiero, y torciendo las expectativas hacia la cautela y el conservadurismo.
Vemos aquí como están involucrados todos los actores, incluyendo consumidores, empresas y gobiernos. La globalización es quizás la variable clave en esta crisis en particular. La complejidad de establecer regulaciones internacionales para los movimientos de dinero, propició la aparición de “huecos legales” por donde se escurrieron actividades ilícitas o esquivas que –de la mano de las expectativas positivas– proliferaron en los últimos años, aumentando la vulnerabilidad de la economía mundial.
Este ciclo depresivo de la economía en el que estamos inmersos en la actualidad, tampoco resulta fácil de predecir. Se sabe que se ha detenido el consumo, alterado la estabilidad del sistema financiero y desacelerado el crecimiento de las economías, pero no se sabe aún cuán profundos y extensos serán sus efectos. Lo que está claro es que nadie que participe en la trama económica mundial, quedará fuera de su alcance, directa o indirectamente.